Hablando de

Caza
Menor

Trucos, mañas, consejos y anécdotas sobre el deporte de la caza

Caza del pato

¡Qué buenos ratos he pasado en las lagunas de Campillos!

Cuando descubrí aquellas lagunas, en las que, en aquellos días, no estaba prohibida la caza de ninguna especie, descubrí una nueva modalidad de caza que hasta entonces nunca había practicado.
Era rara la vez en que, yendo de caza, hubiera tenido la oportunidad de disparar sobre un pato que se hubiese levantado de algún arroyo o de alguna charca, Las lagunas me ofrecieron algo totalmente nuevo para mí.

La verdad es que, cuando me planteé cazar patos, no tenía ni idea de lo que era aquello. En el pueblo me dijeron que la mejor hora para cazarlos era al amanecer o al atardecer. Como soy una persona capaz de trasnochar lo que sea necesario, pero, la verdad, eso de los madrugones me va poco, elegí las horas de la tarde para mi primera experiencia con esto de los patos.

¡Mala, muy mala fue mi primera tarde de patos! Sólo pude ver algunas gallaretas y algunos zorzales sobre los que no merecía la pena disparar pues de seguro que se hubiesen perdido entre tanta caña. Lo que si me distrajo bastante fue ver aquellas enormes bandas de flamencos de alas rojas moviéndose, parsimoniosamente, de acá para allá, sin levantar nunca el vuelo, pero manteniendo en todo momento "las distancias" conmigo.
Todo hubiese quedado tal y como estaba, a no ser por aquella puesta de sol tan maravillosa: Me senté a ver cómo iba desapareciendo por el horizonte, poco a poco, esa gran bola de fuego rojo...
Ya estaba casi oscureciendo. Se distinguían aún bien las siluetas de los zorzales y de las bandadas de gorriones que buscaban los cañaverales donde pasar la noche. A punto estaba de levantarme y recoger mis bártulos para regresar a casa, cuando, de pronto, pude oír un silbido por encima de mi cabeza. Al momento otro, otro y otro, y muchos más... ¡Madre mía! ¡Que espectáculo! Docenas y docenas de patos pasaban por mi cabeza y se dejaban caer, suavemente sobre las aguas de la laguna. La verdad es que no me lo esperaba y tardé en reaccionar. Me encaré la escopeta y disparé los cuatro cartuchos que mi repetidora tenía... Nada. Precipitadamente, volví a meterle otros cuatro y a dispararlos "en menos que canta un pollo loco". Nada. No eché abajo ni un solo pato. Estuve un buen rato pegando tiros sin el menor resultado... ¡Ni uno! ¡Qué bárbaro! La verdad es que, en mi disculpa debo decir, era la primera vez que disparaba sobre patos, y ya se sabe que "la primera vez no es ninguna vez" y, la verdad, pasaban rápidos, bastante rápidos, yo diría que muy rápidos.
Al poco tiempo dejaron de "silbar" aquellas balas gigantes y todo se hizo silencio, mejor dicho, todo no porque se oía por todas partes un continuo REB,REB,REB,REB que emitían los patos que habían "aterrizado" en mi laguna, y digo "mi" laguna, porque no había otra escopeta allí, y, aquello parecía "mi coto privado". Estaba sólo.
Permanecí inmóvil en mi puesto durante algún tiempo. La avalancha de patos había durado quince o veinte minutos, no más, pero amigo, ¡Que avalancha!
Seguía oyendo los REB,REB,REB. Algunos muy cerca, demasiado cerca.
De pronto vi un par de patos que venían hacia mí, buscando las cañas, nadando, como si tal cosa, me levanté y al hacerlo se arrancaron con un estruendo de aleteos contra el agua... Disparé y uno de los patos cayó. Vi que había caído al agua pero que se alejaba rápidamente hacia el centro de la laguna. Volví a disparar una, dos tres veces más. El pato todavía aleteaba y se movía describiendo un círculo en redondo. Dejé la escopeta en la orilla y corrí hacia donde estaba el "primer pato" de mi vida de cazador. Con el agua por las rodillas lo cogí y volví con él a mi puesto. ¡El pato seguía con vida! ¿Pero esto que es? Pues esto era un fallo, y un fallo de los gordos. Había ido a cazar patos con plomo del ocho, cuando, para esta especie es necesario un plomo mucho más grueso: El del cinco.
Al dichoso pato le había acertado en más de una ocasión, lo que ocurría es que los plomos no eran los adecuados.
Oscurecía y, como ya no había más que hacer allí, enfilé hacia el coche con mi pato en una mano, mi escopeta en la otra, los pantalones empapados y las botas llenas de agua. ¡Vaya un estreno!

Lógicamente, después de esta primera vez hubieron muchas más, pero ya fueron en otras condiciones: Me compré unas botas altas, hasta la cintura. Llevé plomo del número cinco y, a partir de entonces se planteó en mi casa un pequeño nuevo problema: ¿Cómo cocinar los patos?

¿Qué podemos decir como CONSEJO PARA LA COCINA?

Los probamos de todas las maneras posibles, pero hay que reconocer que la carne de pato no es precisamente una de las más exquisitas... Puestos así tenía dos opciones: O descubrir pronto una receta que gustara a la familia, o dejar de cazar patos, porque, la verdad, por mucho que me guste la caza, nunca he disparado sobre una especie que no vaya a aprovechar. Matar por matar... ¡Ni un parajillo! No comprendo a esas gentes que son capaces de disparar sobre lo primero que ven nada más que por el "gusto de ver si aciertan" No. No es mi caso.

Probamos el "pato a la naranja", el pato a la "petit brassé", a la "sussette", y no sé cuantas recetas más, hasta que Carmen, mi mujer, acertó con la fórmula que nos satisfizo a todos: En estofado. ¡Perfecto! ¡Ya teníamos receta para los patos, y ya tenía campo libre para poder traer a casa todos los patos que fuera capaz de echar abajo!
Y así fue. Mientras que en la laguna se permitió, iba, y en rato me traía un par de patos. Eso sí, cambié el método de caza.
La laguna seguía siendo "mi cazadero particular", porque yo era el único que aparecía por aquellos parajes, y a esas horas, a pegarle tiros a los patos. De vez en cuando me encontraba con algunas escopetas, ya de regreso, precisamente cuando yo llegaba... Nos saludábamos. Nos mirábamos. Y estoy seguro que alguno de ellos se preguntarían "¿A dónde va este tío a estas horas?"
Pues sí. Las horas no eran las más apropiadas, pero a mi me iba de perlas. Después de la experiencia vivida, comprobé que los patos entraban siempre a la misma hora: Poco antes de oscurecer, y que, antes de esa hora, no pintaba nada en la laguna, a no ser que quisiera ver el paisaje, oír a las fochas o gallaretas, o sentarme a pensar en mis cosas viendo la puesta de sol y los flamencos. Prueba evidente de ello es que, cuando me cruzaba con algún "vecino", comprobaba que sus perchas iban "limpias"... No se habían enterado de que, en aquella laguna, la "cita" era más tarde...
Cuando empezaba a caer la tarde me preparaba... Miraba hacia el cielo, y, al poco tiempo empezaban a sonar los silbidos de los cuerpos que se dejaban caer a la laguna, y los disparos de mi escopeta. Aquello no llegaba a durar ni veinte minutos, ¡Pero qué veinte minutos!...

Está visto que cada "cazaero" tiene sus normas, y esta laguna funcionaba así: Durante el día nada. Al anochecer todo, y en un máximo de media hora.

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